miércoles, 23 de julio de 2008

Montauk project, Control Mental en el siglo XX y alguna travesura atemporal

Los proyectos de crear sociedades totalmente manipuladas para poderles sacar provecho como si fueran una cosecha han sido por siempre el sueño de muchos dictadores , demócratas disfrazados y grupos de poder varios, quiénes a su vez son controlados lo sepan o no, ( aunque sé que lo saben ) por"nuestros amigos" SAS.

El doctor Mengele fue el principal promotor de las técnicas basadas en la introducción de traumas severos ( en tiempos modernos, ejem,ejem, nota de Chitauri ). Tanto el doctor Mengele como muchos otros nazis, fueron llevados a Norte América y a Sudamérica para seguir llevando a cabo sus experimentos de control mental de las masas que ya habían iniciado con tanto éxito en la Alemania nazi. Para poder realizar estos experimentos, estos torturadores fueron escondidos e introducidos en estas sociedades americanas donde se les proveía de un incalculable número de víctimas y de niños abandonados. Las prácticas que se realizaron con estos niños fueron semejantes a las practicadas en los campos de concentración nazi, asesinándolos incluso delante de los demás niños para poder introducirles severos traumas y programaciones. A estos niños se les conoce hoy como los niños del proyecto MONTAUK.
Gran parte de las personas que en la actualidad o en el pasado han estado involucrados en asesinatos, tiroteos, secuestros, y extraños comportamientos son individuos que fueron programados para realizar este tipo de acciones cuando eran niños. Muchos de los más famosos asesinos de la historia formaron parte del experimento de Montauk desde el año 1976. Al Bielek fue uno de esos niños que fueron sometidos a estas programaciones. Después de ir recuperando paulatinamente sus memorias sobre aquellos hechos, afirma que más de 250.000 niños como él fueron programados e intevenidos para producir conductas controladas futuras. Estos niños se repartían en una estructura de sótanos con 25 niveles diferentes de programación de la conducta. Muchos de estos niños fueron convertidos en órdenes durmientes para ser ejecutadas en diferentes ambientes y círculos de poder de la vida americana, ( a que me suena esta historia , no será a los hashshashiín árabes fumadores de hachís ,y a su vez asesinos controlados mentalmente mediante "extrañas técnicas", nota de Chitauri, Nada nuevo bajo el sol ) .



Existe una base "secreta" en Montauk, supongo. Nunca estuve allí pero lo creo porque elijo creerlo, porque es fácil verificarlo, uno no puede estar en todos los lugares en todos los momentos y ser testigo de todo, pero aprendemos que existen lugares como China o Japón porque creemos en nuestros maestros. Es, dicen, un complejo, recientemente reactivado, mucho mayor que lo que se ve en la superficie, ya que por debajo de la tierra se extiende por unos siete kilómetros. Hay varias personas que afirman haber sido sometidas desde niños en esa base a pruebas de operaciones de control mental para luego aplicarlas a la población en general.

Una de ellas es Stuart Swerdlow, quien dijo que también fue objeto de investigaciones genéticas y que fue uno de los viajeros del tiempo conocidos como Montauk Boys. Dice que la tecnología de Montauk creó portales en el espacio-tiempo a través de los cuales viajaban.
Pues bien como en Verano muchos se hacen promesas de aprender algo, propongo un doble cursillo de Inglés y de HISTORIA DEL CONTROL MENTAL.



"Se me puede acusar de ser parcial y selectivo. Me declaro culpable. Todos lo somos. Por ejemplo, desconfío de los documentales del canal National Geographic. No importa si nos equivocamos o somos engañados, lo importante es continuar la búsqueda de la verdad, no detenerse, no estancarse. En tanto me limite a difundir declaraciones de otras personas, no importa quién sea yo ni qué crea yo, lo que importa es si esas afirmaciones son ciertas, y eso es algo que debe decidir el lector, cada uno, individualmente, luego de investigar. Es su responsabilidad. No tengo por qué ser "formador de opinión". El lector debe formarse su propia opinión.

A los Robots Radicales les lavan el cerebro para que crean que conocer la fuente es más importante que la información. No es así, es al revés. Lo importante es la verdad. Lo importante es si elegimos creer en algo de esa información o no. Lo que es verdad para nosotros lo elegimos nosotros, y al hacerlo elegimos entre las realidades posibles como si cambiásemos los canales de televisión con un control remoto. Lo importante es elegir bien, elegir una verdad que nos acerque a Dios, la verdad absoluta. Admito que conocer la fuente es importante para hacer esa elección, pero no es lo más importante. El Robot Radical no quiere conocer la fuente como un dato más para decidir si cree o no la información que proporciona. Quiere conocerla para formarse un prejuicio que le permita decidir si concede o no a esa información la oportunidad de entrar en su cabeza hueca. Con ese truco nos han manipulado miles de años.
El que califica o descalifica la fuente, el que pone las "etiquetas", controla la información que los Robots Radicales reciben. "No escuchen o lean lo que dice porque es el enemigo", o "está loco", o "es antisemita", o "es un depravado", o "cree en ovnis", o "no es serio", o "es apócrifo", o "es un ignorante", o "no es confiable", o "no es creíble", o "busca fama o fortuna", o "es un aficionado", o "es un improvisado", o "es un informal", o "es un charlatán", o "es un timador", o "es un fraude", o "es un agitador", o "es blasfemo", o "es satánico", etc., etc.. "No pierdan el tiempo en esa basura". Y los Robots obedecen. Los controlan porque sólo escuchan una campana, porque obedecen cuando les dicen cuál campana escuchar y cuál no. Cuando ingresas a una secta, lo primero que hacen es aislarte de tu familia y amigos, para que escuches una sola campana, la de los líderes de la secta".








Soy un juerguista impenitente enamorado en secreto de la vida monacal. Un ensimismado cotidiano ante las manifestaciones de la bizarra realidad.

6 comentarios :

  1. Hola ChiTauri,

    Te dejo aqui un link de otro blog, para q leas uno de sus comentarios, mas concretmente el de un tal zupakomputer...
    http://secretsun.blogspot.com/2008/07/pope-calls-for-new-age.html
    Yo no lo capto en toda su amplitud (no se nada de Arcanos), pero quiza tu seas mas capaz de interpretarlo y hacerlo mas comprensible para los profanos como yo.
    Un saludo y muchas gracias por tu trabajo ;)

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  2. Gracias por dejar el link Álvaro, este es un tema ( el del control hiperdimensional ) que me apasiona. El propio Castaneda lo denominaba el tema de temas refiriéndose al predador. Te dejo algo de información sobre los Arcontes, no si antes decirte que yo igual que tú soy un profano en la materia, pero con ganas de aprender.

    "...ciertos seres que se encuentran en una escala evolutiva mucho más alta que el ser humano, verdaderos dioses del espacio, que se aprovechan del esfuerzo humano, pero que a la vez, cumplen ciertas funciones cósmicas, es decir, ocupan un importante puesto en la economía universal. Ya los hemos mencionado anteriormente llamándolos los Arcontes del destino. También podríamos referirnos a ellos como los Dioses del Zodíaco ya que son los que dirigen y regulan la existencia humana en este planeta...


    Los Arcontes del destino son seres temibles, no porque sean malos, sino por su severidad fría e inexorable en la manipulación del sapiens (hombre)...


    Estos jueces ocultos provocan, por ejemplo, sin piedad alguna en sus corazones, una guerra mundial en la cual mueren millones de personas. Para ellos estos difuntos no tienen más valor que el asignado por el sapiens a los miles de animales que sacrifica diariamente para alimentarse."

    John Baines, Los brujos hablan


    Este autor es muy aconsejable para entender este tema. En el siguiente enlace encontrarás su libro LOS BRUJOS HABLAN en formato pdf.
    http://www.bibliotecapleyades.net/brujos/brujos_hablan.htm


    Y en este enlace más información de otros autores sobre los arcontes, que no arcanos, creo que te confundiste al transcribir tu pregunta:

    http://www.bibliotecapleyades.net/vida_alien/alien_clomro02.htm

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  3. Muchas gracias por la info ChiTauri, verdaderamente eres un ejemplo a seguir por tu erudicion en este tipo de temas ;)

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  4. SOMBRAS DE BARRO
    (...)

    ‑¿Quiere decir, don Juan, que una fuerza externa va a controlarme? ‑pregunté.
    ‑Hay montones de fuerzas externas controlándote ahorita mismo ‑don Juan replicó‑. El control al que me refiero es algo que está fuera del dominio del lengua­je. Es tu control pero a la vez no lo es. No puede ser clasi­ficado, pero sí puede ser experimentado. Y, por cierto y por sobre todo, puede ser manipulado. Recuerda: puede ser manipulado, por supuesto, para tu beneficio total, que no es, claro, tu propio beneficio sino el beneficio del cuerpo energético. Sin embargo, el cuerpo energético eres tú, así es que podríamos continuar indefinidamente co­mo perros mordiéndose la propia cola, tratando de expli­car esto. El lenguaje es inadecuado. Todas estas experien­cias están más allá de la sintaxis.
    La oscuridad había descendido muy rápidamente, y el follaje de los árboles, que momentos antes brillaba de color verde, estaba ahora muy oscuro y denso. Don Juan dijo que si yo prestaba atención intensamente a la oscuri­dad del follaje, sin enfocar la mirada sino mirando como con el rabillo del ojo, vería una sombra fugaz cruzando mi campo de visión.
    ‑Ésta es la hora del día apropiada para hacer lo que te voy a pedir ‑dijo‑. Toma un momento fijar la atención necesaria en ti para hacerlo. No pares hasta que captes esa fugaz sombra negra.
    Vi de hecho una extraña fugaz sombra negra proyec­tada en el follaje de los árboles. Era, o bien una sombra que iba de un lado al otro, o varias sombras fugaces mo­viéndose de derecha a izquierda o de izquierda a dere­cha, o hacia arriba en el aire. Me parecían peces negros y gordos, peces enormes. Era como si gigantescos peces­ espada volaran por el aire. Estaba absorto en la visión. Luego, finalmente, me asustó. Estaba ya muy oscuro para ver el follaje, pero aun veía las fugaces sombras negras.
    ‑¿Qué es esto, don Juan? ‑pregunté‑. Veo sombras fugaces negras por todos lados.
    ‑Ah, es el universo en grande -dijo‑, incon­mensurable, no lineal, fuera del reino de la sintaxis. Los brujos del México antiguo fueron los primeros que vieron esas sombras fugaces, así es que las siguieron. Las vieron como tú las estás viendo, y las vieron como energía que fluye en el universo. Y descubrieron algo tras­cendental.
    Paró de hablar y me miró. Sus pausas eran per­fectamente colocadas. Siempre paraba de hablar cuando yo estaba pendiente de un hilo.
    ‑¿Qué descubrieron, don Juan? ‑pregunté.
    ‑Descubrieron que tenemos un compañero de por vida, ‑ dijo lo más claro que pudo‑. Tene­mos un predador que vino de las profundidades del cosmos y tomó el control de nuestras vidas. Los seres humanos son sus prisioneros. El depredador es nuestro amo y señor. Nos ha vuelto dóciles, indefensos. Si que­remos protestar, suprime nuestra protesta. Si quere­mos actuar independientemente, nos exige que no lo hagamos.
    Estaba muy oscuro a nuestro alrededor, y eso pa­recía coartar cualquier expresión de mi parte. Si hubie­ra sido de día, me hubiera reído a mis anchas. En la oscu­ridad, me sentía bastante inhibido.
    ‑Está totalmente oscuro a nuestro alrededor ‑dijo don Juan‑, pero si miras por el rabillo del ojo, verás todavía las fuga­ces sombras saltando a tu alrededor.
    Tenía razón. Aun podía verlas. Sus movimientos me mareaban. Don Juan encendió la luz, y eso pareció disi­parlo todo.
    ‑Has llegado, por tu propio esfuerzo, a lo que los chamanes del México antiguo llamaban el tema de los temas ‑dijo don Juan‑. Me anduve con rodeos to­do este tiempo, insinuándote que algo nos mantiene prisione­ros. ¡Desde luego que estamos prisioneros! Esto era un hecho energético para los brujos del México an­tiguo.
    ‑¿ Por qué este depredador ha tomado posesión de la manera que usted describe, don Juan? ‑pregun­té‑. Debe haber una explicación lógica.
    ‑Hay una explicación ‑replicó don Juan‑, que es la explicación más simple del mundo. Tomaron posesión porque somos comida para ellos, y nos exprimen despiadadamente porque somos su sustento. Igual que noso­tros criamos gallinas en gallineros, el depredador nos cría en humaneros. Por tanto, siempre tienen comi­da disponible.
    Sentí que mi cabeza se sacudía violentamente de un lado a otro. No podía expresar mi profundo sentimiento de incomodidad y descontento, pero mi cuerpo se movía haciéndolo patente. Me sacudía de pies a cabeza sin ninguna voli­ción por mi parte.
    ‑No, no, no, no ‑me oí decir‑. Esto es absurdo, don Juan. Lo que usted está diciendo es algo monstruo­so. Simplemente no puede ser cierto, para los brujos o para el hombre comun, o para nadie.
    ‑¿Por qué no? ‑Preguntó don Juan tranquilamen­te‑. ¿Por qué no? ¿Porque te enfurece?
    ‑Sí, me enfurece ‑le contesté‑. ¡Esas afirmacio­nes son monstruosas!
    ‑Bueno ‑dijo‑, aún no has oído todas las afirma­ciones. Espera un poco y verás cómo te sientes. Voy a someterte a un bombardeo. Es decir, voy a some­ter a tu mente a tremendos ataques, y no puedes levantarte e irte porque estás atrapado. No porque yo te tenga prisione­ro, sino porque algo en ti te impedirá irte, mientras otra parte de ti se va aponer como una fiera. Así que prepárate.
    Había algo en mí que estaba, sentía, deseando ser castigado. El estaba en lo cierto. No podría haberme ido de la casa por nada del mundo. Y aun así, no me gustaban para nada las insensateces que estaba soltando.
    ‑Quiero apelar a tu mente analítica ‑dijo don Juan‑. Piensa por un momento, y dime cómo explica­rías la contradicción entre la inteligencia del hombre‑in­geniero y la estupidez de sus sistemas de creencias, o la estupidez de su contradictorio comportamiento. Los brujos creen que los depredadores nos han dado nuestros sistemas de creencias, nuestras ideas del bien y el mal, nuestras costumbres sociales. Ellos son los que han establecido nuestras esperanzas y expecta­tivas, nuestros sueños de triunfo y fracaso. Nos han dado la codicia, la mezquindad y la cobardía. Es el depredador el que nos hace complacientes, rutinarios y egomaniá­cos.
    ‑¿Pero cómo pueden hacer esto, don Juan? ‑pregunté, de algún modo más enojado aún por lo que estaba diciendo ‑. ¿Susurran todo esto en nuestros oídos mientras dormimos?
    ‑No, no lo hacen de esa manera, ¡eso es idio­ta! ‑dijo don Juan, sonriendo‑. Son infinitamente más eficaces y organizados que eso. Para mantenernos obedientes, dóciles y débiles, los depredadores se involu­craron en una estupenda maniobra (estupenda, por su­puesto, desde el punto de vista de un estratégico luchador). Una maniobra horrible desde el punto de vista de quienes la sufren. ¡Nos dieron su mente! ¿Me oyes? Los depre­dadores nos dan su mente, que se vuelve nuestra mente. La mente del predador es barroca, contradicto­ria, mórbida, llena de miedo a ser descubierta en cual­quier momento.
    - Se que aunque nunca has pasado hambre ‑continuó‑, tienes ansiedad por la comida, lo cual no es sino la ansiedad del depredador que teme que en cual­quier momento su maniobra va a ser descubierta y la comi­da le será negada. A través de la mente, que después de todo es su mente, los depredadores inyectan en las vi­das de los seres humanos cualquier cosa que sea conveniente para ellos. Y garantizan, de esta manera, un grado de seguridad que actúa como un amortiguador contra su miedo.
    ‑No es que no pueda aceptar todo esto como válido, don Juan ‑dije‑. Podría, pero hay algo tan odioso al res­pecto que realmente me repele. Me obliga a to­mar una postura contradictoria. Si es cierto que nos co­men, ¿cómo lo hacen?
    Don Juan tenía una amplia sonrisa en su cara. Rebosaba de placer. Explicó que los brujos ven a los seres humanos de niños como extrañas bolas luminosas de energía, cu­biertas de arriba a abajo con una capa brillante, algo así como una cobertura plástica que se ajusta apretadamente sobre su capullo de energía. Dijo que esa capa brillan­te de conciencia era lo que los depredadores consumían, y que cuando un ser humano llegaba a adulto, todo lo que quedaba de esa capa brillante de conciencia era una estrecha franja que se iba desde el suelo hasta por en­cima de los dedos de los pies. Esa franja permitía a la humanidad continuar viviendo, pero sólo escasamente.
    Como si hubiera estado en un sueño, oí a don Juan Matus explicando que, para su conocimiento, el hombre era la única especie que tenía la capa brillante de conciencia fuera del capullo luminoso. Por lo tanto, se convierte en presa fácil para una conciencia de un or­den diferente, tal como la pesada conciencia del depredador.
    Luego hizo la afirmación más dañina que había hecho hasta el momento. Dijo que esta estrecha franja de conciencia era el epicentro del auto-reflejo, donde el hombre estaba irremediablemente atrapado. Jugando con el auto-reflejo, que es el único punto de conciencia que nos queda, los depredadores crean llamaradas de conciencia que proceden a consumir de una manera implacable y depredadora. Nos dan proble­mas banales que fuerzan a surgir esas llamaradas de conciencia, y de esa manera nos mantienen vivos para alimen­tarse con la llamarada energética de nuestras pseudopre­ocupaciones.
    Algo debía de haber en lo que don Juan estaba diciendo, que fue tan devastador para mí que en ese punto se me revol­vió el estómago.
    Después de un momento de pausa, suficientemente largo para que me recuperara, pregunté a don Juan:
    ‑¿Pero por qué, si los brujos del México anti­guo, y todos los brujos hoy, aunque ven los pre­dadores no hacen algo al respecto?
    ‑No hay nada que tú y yo podamos hacer al respecto ‑dijo don Juan con voz grave y triste‑. Todo lo que pode­mos hacer es disciplinarnos hasta el punto en que no nos toquen. ¿Cómo puedes pedirles a tus semejantes que pasen por esos rigores de disciplina? Se reirán y se burlarán de ti, y los más agresivos te darán una pa­tada en el culo. Y no tanto porque no lo crean. En lo más profundo de cada ser humano, hay un conocimiento ancestral, visceral, acerca de la existencia de llos depredadores.
    Mi mente analítica se oscilaba de un lado a otro como un yo‑yo. Se iba y volvía, se iba y volvía otra vez. Todo lo que don Juan estaba proponiendo era descabellado e increíble. Al mismo tiempo, era la cosa más razonable, tan simple. Explicaba todo tipo de contradicción humana en que pudiera pensar. ¿Pero cómo podría uno haber tomado todo esto seriamente? Don Juan me empujaba en el camino de una avalan­cha que me demolería para siempre.
    Sentí otra oleada de una amenazante sensación. La oleada no venía de mí, y sin embargo estaba pegada a mí. Don Juan estaba haciéndome algo, misteriosamen­te positivo y terriblemente negativo al mismo tiempo. Lo sentí como un intento de cortar una fina película que parecía estar pegada a mí. Sus ojos estaban fijos en los míos sin parpadear. Apartó sus ojos y comenzó a hablar sin mirarme ya.
    ‑Siempre que las dudas te asalten hasta un punto peligroso ‑dijo‑, haz algo pragmático al respecto. Apaga la luz. Perfora la oscuridad. Descubre qué pue­des ver.
    Se levantó para apagar la luz. Lo detuve.
    ‑No, no, don Juan ‑dije‑, no apague la luz. Es­toy bien.
    Lo que sentía era un, de lo más inusual para mí, miedo a la oscuridad. El solo pensar en ello me hacía jadear. Definitivamente sabía algo visceralmente, pero no me atrevería a tocarlo o a traerlo a la superficie, ¡ni en un millón de años!
    ‑Viste las sombras fugaces contra los árboles ‑dijo don Juan, reclinándose en su silla‑. Eso estuvo muy bien. Ahora me gustaría que las vieras dentro de esta habitación. No es­tás viendo nada. Sólo estás captando meramente imágenes fu­gaces. Tienes suficiente energía para eso.
    Temía que don Juan se levantara y apagara la luz, y así lo hizo. Dos segundos después yo estaba chillando a grito pelado. No sólo capté un vislumbre de esas imágenes fugaces, sino que las oí zumbando junto a mis oídos. Don Juan encendió la luz mientras se doblaba de risa.
    ‑¡Qué tio más temperamental! ‑dijo‑. Un descreído total, por un lado, y un pragmático total por el otro. Tienes que arreglar esa lucha interna. Si no, vas a hin­charte como un sapo y reventar.
    Don Juan siguió hundiendo su dardo cada vez más más profundo en mí.
    ‑Los brujos del México antiguo ‑dijo‑ vieron al depredador. Lo llamaron el volador porque brinca a través del aire. No es una bonita visión. Es una enorme sombra, impenetrablemente oscura, una sombra negra que salta a través del aire. Luego, aterriza de plano en la tierra. Los brujos del México antiguo estaban bastante incómodos con la idea de cuándo hizo su aparición en la Tierra. Ra­zonaron que el que el hombre debía haber sido un ser completo en algún momento, con estupendas revela­ciones, hazañas de conciencia que hoy son leyen­das mitológicas. Y luego todo parece desaparecer y tenemos ahora un hombre sedado.
    Quería enojarme, llamarlo paranoico, pero de algún modo mi rectitud inflexible que por lo general se escon­día justo por debajo de la superficie de mi ser, no estaba allí. Algo en mí estaba más allá de hacerle mi pregunta favorita: ¿Qué pasa si lo que él dice es verdad? Aquella noche, al tiempo que me hablaba, de todo corazón sentí que lo que me decía era verdad, pero al mismo tiempo y con igual fuerza, sentí que todo lo que me estaba dicien­do era completamente absurdo.
    ‑¿Qué me está diciendo, don Juan? ‑pregunté dé­bilmente. Mi garganta estaba constreñida. Apenas podía respirar.
    ‑Lo que estoy diciendo es que no nos enfrentamos a un simple predador. Es muy ingenioso, y es organiza­do. Sigue un sistema metódico para volvernos inútiles. El hombre, el ser mágico que es nuestro destino alcan­zar, ya no es mágico. Es un pedazo de carne. No hay más sueños para el hombre sino los sueños de un ani­mal que está siendo criado para volverse un pedazo de carne: trillado, convencional, imbécil.
    Las palabras de don Juan estaban provocando una extraña reacción corporal en mí, comparable a la sensa­ción de náusea. Era como si nuevamente me fuera a en­fermar del estómago. Pero la náusea provenía del fondo de mi ser, desde los huesos. Me convulsioné involunta­riamente. Don Juan me sacudió de los hombros. Sentí mi cuello bamboleándose hacia delante y hacia atrás bajo el impacto de su apretón. Su maniobra me calmó de inmediato. Me sentí mejor, más en control.
    ‑Este predador ‑dijo don Juan‑, que por supues­to es un ser inorgánico, no nos es del todo invisible, como lo son otros seres inorgánicos. Creo que de niños sí los vemos, y decidimos que son tan terroríficos que no queremos pensar en ellos. Los niños podrían, por su­puesto, decidir enfocarse en esa visión, pero todo el mundo a su alrededor lo disuade de hacerlo.
    »La única alternativa que le queda a la humanidad ‑continuó‑ es la disciplina. La disciplina es el único repelente. Pero con disciplina no me refiero a arduas ru­tinas. No me refiero a levantarse cada mañana a las cin­co y media y a darte baños de agua helada hasta ponerte azul. Los chamanes entienden por disciplina la capaci­dad de enfrentar con serenidad circunstancias que no están incluidas en nuestras expectativas. Para ellos, la disciplina es un arte: el arte de enfrentarse al infinito sin vacilar, no porque sean fuertes y duros, sino porque es­tán llenos de asombro.
    ‑¿De qué manera sería la disciplina de un brujo un repelente? ‑pregunté.
    ‑Los chamanes dicen que la disciplina hace que la capa brillante de conciencia se vuelva desabrida al vola­dor ‑dijo don Juan, escudriñando mi cara como que­riendo encontrar algún signo de incredulidad‑. El re­sultado es que los predadores se desconciertan. Una capa brillante de conciencia que sea incomible no es parte de su cognición, supongo. Una vez desconcertados, no les queda otra opción que descontinuar su nefasta tarea.
    »Si los predadores no nos comen nuestra capa bri­llante de conciencia durante un tiempo ‑continuó‑, ésta seguirá creciendo. Simplificando este asunto en ex­tremo, te puedo decir que los chamanes, por medio de su disciplina, empujan a los predadores lo suficiente­mente lejos para permitir que su capa brillante de con­ciencia crezca más allá del nivel de los dedos de los pies. Una vez que pasa este nivel, crece hasta su tamaño natu­ral. Los chamanes del México antiguo decían que la capa brillante de conciencia es como un árbol. Si no se lo poda, crece hasta su tamaño y volumen naturales. A me­dida que la conciencia alcanza niveles más altos que los dedos de los pies, tremendas maniobras de percepción se vuelven cosa corriente.
    »El gran truco de esos chamanes de tiempos antiguos ‑continuó don Juan‑ era sobrecargar la mente del vo­lador con disciplina. Descubrieron que si agotaban la mente del volador con silencio interno, la instalación fo­ránea saldría corriendo, dando al practicante envuelto en tal maniobra la total certeza del origen foráneo de la mente. La instalación foránea vuelve, te aseguro, pero no con la misma fuerza, y comienza un proceso en que la huida de la mente del volador se vuelve rutina, hasta que un día desaparece de forma permanente. ¡Un día de lo más triste! Ése es el día en que tienes que contar con tus propios recursos, que son prácticamente nulos. No hay nadie que te diga qué hacer. No hay una mente de origen foráneo que te dicte las imbecilidades a las que estás ha­bituado.
    ‑Mi maestro, el nagual Julián, les advertía a todos sus discípulos -continuó don Juan‑, que éste era el día más duro en la vida de un chamán, pues la verdadera mente que nos pertenece, la suma total de todas nuestras experiencias, después de toda una vida de dominación se ha vuelto tímida, insegura y evasiva. Personalmente, pue­do decirte que la verdadera batalla de un chamán comien­za en ese momento. El resto es mera preparación.
    Me puse verdaderamente agitado. Quería saber más, y sin embargo, un extraño sentimiento en mí imploraba que parara. Aludía a oscuros resultados y a castigos, algo así como la ira de Dios descendiendo sobre mí por meter­me con algo velado por Dios mismo. Hice un esfuerzo supremo para permitir que mi curiosidad prevaleciera.
    ‑¿Qué‑qué‑qué significa usted ‑me escuché de­cir‑, con eso de agotar la mente del volador?
    ‑La disciplina definitivamente agota la mente forá­nea ‑contestó don Juan‑. Entonces, a través de su dis­ciplina, los chamanes se deshacen de la instalación fo­ránea.
    Estaba abrumado por sus afirmaciones. O bien don Juan estaba verdaderamente loco, o lo que me estaba di­ciendo era tan asombroso que me había congelado por completo. Noté, sin embargo, con qué rapidez junté la energía para negarlo todo. Después de un instante de pánico, comencé a reír, como si don Juan me hubiera contado un chiste. Incluso me escuché decir:
    ‑¡Don Juan, don Juan, es usted incorregible!
    Don Juan parecía entender todo lo que estaba suce­diéndome. Movió su cabeza de lado a lado y alzó sus ojos a los cielos, en un gesto de fingida desesperación.
    ‑Soy tan incorregible ‑dijo‑, que voy a darle a la mente del volador, que llevas dentro de ti, una sacudida más. Te voy a revelar uno de los secretos más extraordinarios de la brujería. Te voy a describir un hallazgo que les tomó a los chamanes miles de años para verificar y consolidar.
    Me miró y sonrió de manera maliciosa.
    ‑La mente del volador huye para siempre cuando un chamán logra asirse a la fuerza vibradora que nos mantiene unidos como conglomerado de fibras energé­ticas. Si un chamán mantiene esa presión durante sufi­ciente tiempo, la mente del volador huye derrotada. Y eso es exactamente lo que vas a hacer: agarrarte a la ener­gía que te mantiene unido.
    Tuve la reacción más inexplicable que jamás hubiera imaginado. Algo en mí literalmente tembló, como si hu­biese recibido una sacudida. Entré en un estado de mie­do injustificado, el que inmediatamente relacioné con mi entrenamiento religioso.
    Don Juan me miró de la cabeza a los pies.
    ‑Temes la ira de Dios, ¿verdad? ‑dijo‑. Quédate tranquilo, ése no es tu miedo. Es el temor del volador, que sabe que harás exactamente como te digo.
    Sus palabras no me calmaron en absoluto. Me sentí peor. Comencé a convulsionarme de manera involunta­ria, sin poder evitarlo.
    ‑No te preocupes ‑dijo don Juan de manera cal­ma‑. Sé, de hecho, que esos ataques se extinguen de lo más pronto. La mente del volador no tiene concentra­ción alguna.
    Después de un momento, todo paró, como lo había previsto don Juan. Decir nuevamente que estaba abru­mado es un eufemismo. Ésta era la primera vez en mi vida, con o sin don Juan, que no sabía si iba o venía. Que­ría levantarme de la silla y caminar por la habitación, pero estaba mortalmente asustado. Estaba lleno de aserciones racionales, y a la vez repleto de un miedo infantil. Comencé a respirar profundo, mientras un sudor frío me cubría todo el cuerpo. De alguna manera se había desata­do en mí una horrenda visión: sombras negras, fugaces brincando a mi alrededor, dondequiera que mirara.
    Cerré los ojos y me recliné sobre el brazo de la silla.
    ‑No sé para dónde mirar, don Juan ‑dije‑. Esta noche ha logrado realmente que me pierda.
    ‑Estás desgarrado por una lucha interna ‑dijo don Juan‑. Muy en lo profundo, sabes que eres incapaz de rechazar el acuerdo de que una parte indispensable de ti, tu capa brillante de conciencia, servirá de alimento in­comprensible a unas entidades, naturalmente, también incomprensibles. Y otra parte de ti se opondrá a esta si­tuación con toda su fuerza.
    »La revolución de los chamanes ‑continuó‑, es que se rehúsan a honrar acuerdos en los que no han partici­pado. Nadie me preguntó si consentía ser comido por seres de otra clase de conciencia. Mis padres me trajeron a este mundo para ser comida, sin más, como lo fueron ellos; fin de la historia.
    Don Juan se levantó de la silla y estiró los brazos y las piernas.
    ‑Llevamos horas aquí sentados. Es hora de entrar en la casa. Yo voy a comer. ¿Quieres comer conmigo?
    Le dije que no. Mi estómago estaba revuelto.
    ‑Mejor vete a dormir ‑dijo‑ El bombardeo te ha devastado.
    No necesité que me insistiera. Me derrumbé en mi cama y caí dormido como un tronco.
    Ya en casa, a medida que pasaba el tiempo, la idea de los voladores se volvió una de las principales fijaciones de mi vida. Llegué a pensar que don Juan tenía toda la razón. Por más que intentara, no podía rechazar su lógi­ca. Mientras más lo pensaba, y mientras más me observaba y hablaba con mis prójimos, la convicción era más y más intensa de que algo nos impedía toda actividad o interacción o pensamiento que no tuviese como punto focal, el yo. Mi preocupación, como la preocupación de cualquiera que yo conociera o con el que yo hablara, era el yo. Como no encontraba explicación para tal homo­geneidad universal, concluí que la línea de pensamiento de don Juan era la más apropiada para elucidar el fenó­meno.
    Me sumergí tanto como pude en lecturas de mitos y leyendas. Al leer, experimenté algo que nunca antes ha­bía sentido: cada uno de los libros que leí era una inter­pretación de mitos y leyendas. En cada uno de esos li­bros, una mente homogénea se hacía patente. Los estilos diferían, pero el impulso detrás de las palabras era ho­mogéneamente el mismo: a pesar de ser el tema algo tan abstracto como los mitos y las leyendas, los autores se las arreglaban siempre para encajar afirmaciones acerca de ellos mismos. El impulso común detrás de cada uno de estos libros no era el tema que anunciaban; era, en su lugar, autoservicio. Nunca antes me había dado cuenta de esto.
    Atribuí mi reacción a la influencia de don Juan. La pregunta inevitable que me hacía a mí mismo era: ¿Será que don Juan me está influyendo para verlo de esta ma­nera, o hay realmente una mente foránea dictándonos todo lo que hacemos? Viraba otra vez, obligadamente, a la negación, e iba como loco de negación a aceptación a negación. Algo en mí sabía que don Juan quería llegar a un hecho energético, pero algo de igual importancia en mí sabía que era todo un disparate. El resultado final de mi lucha interna vino bajo la forma de un presentimien­to, la sensación de que algo peligroso e inminente se acercaba.
    Hice una gran cantidad de estudios antropológicos en el tema de los voladores en otras culturas, pero no encontré referencia alguna. Don Juan parecía ser la úni­ca fuente de información sobre el tema. La siguiente vez que lo vi, me apresuré a hablarle de los voladores.
    ‑He hecho lo posible por ser racional sobre el tema ‑dije‑, pero no puedo. Hay momentos en que estoy totalmente de acuerdo con usted acerca de los preda­dores.
    ‑Enfoca tu atención en las sombras fugaces que puedes ver ‑dijo don Juan con una sonrisa.
    Le dije a don Juan que esas sombras fugaces termi­narían con mi vida racional. Las veía por todas partes. Desde que me había ido de su casa, era incapaz de dor­mirme en la oscuridad. Dormir con las luces encendidas no me molestaba en absoluto. Sin embargo, en cuanto las apagaba todo a mi alrededor comenzaba a dar saltos. Nunca veía figuras o formas completas. Todo lo que veía eran sombras fugaces negras.
    ‑La mente del volador no te ha abandonado ‑dijo don Juan‑. Ha sido seriamente injuriada. Está hacien­do lo posible por restablecer su relación contigo. Pero algo en ti se ha roto para siempre. El volador lo sabe. El verdadero peligro está en que la mente del volador te puede vencer agotándote y forzándote a abandonar ju­gando con la contradicción entre lo que ella te dice y lo que yo te digo.
    »Te digo, la mente del volador no tiene competido­res ‑continuó don Juan‑. Cuando propone algo, está de acuerdo con su propia proposición, y te hace creer que hiciste algo de valor. La mente del volador te dirá que lo que don Juan Matus te está diciendo es puro dis­parate, y luego la misma mente estará de acuerdo con su propia proposición. "Sí, por supuesto, es un disparate", dirás. Así nos vencen.
    »Los voladores son una parte esencial del universo ‑continuó‑, y deben tomarse como lo que son real­mente: asombrosos, monstruosos. Son el medio por el cual el universo nos pone a prueba.
    »Somos sondas creadas por el universo ‑siguió, como si yo no estuviera presente‑, y es porque somos poseedores de energía con conciencia, que somos los medios por los que el universo se vuelve consciente de sí mismo. Los voladores son los desafiantes implacables. No pueden ser considerados de ninguna otra forma. Si lo logramos, el universo nos permite continuar.
    Quería que don Juan siguiera hablando. Pero sólo dijo:
    ‑El bombardeo terminó la última vez que estuviste aquí; no hay más qué decir acerca de los voladores. Es tiempo de otra clase de maniobra.
    Esa noche no pude dormir. Caí en un sopor liviano a la madrugada, hasta que don Juan me sacó de la cama, y me llevó a una caminata por las montañas. Donde él vi­vía, la configuración de las montañas era muy distinta a la del desierto de Sonora, pero me dijo que no me entre­gara a comparar, ya que después de caminar un kilóme­tro, todos los lugares del mundo son iguales.
    ‑Disfrutar del panorama es para gente que pasea en automóviles ‑dijo‑. Van a gran velocidad sin ha­cer ningún esfuerzo. Los panoramas no son para cami­nantes.
    »Por ejemplo, cuando vas en coche puedes ver una montaña gigantesca que te abruma con su belleza. La vista de esa montaña no te va a abrumar de la misma for­ma si la ves mientras vas de a pie; te va a abrumar de otra forma, especialmente si debes escalarla o rodearla.
    La mañana estaba muy calurosa. Caminamos por el lecho seco de un río. Una cosa en común entre este valle y el desierto de Sonora eran los millones de insectos. Los mosquitos y las moscas a mi alrededor parecían bombarderos suicidas que apuntaban a mi nariz, a mis ojos y a mis orejas. Don Juan me dijo que no les presta­ra atención a sus zumbidos.
    ‑No trates de espantarlos con tus manos ‑me lan­zó en tono firme‑. Intenta que se alejen. Forma una barrera energética a tu alrededor. Estáte en silencio, y desde ese silencio se construirá la barrera. Nadie sabe cómo se hace. Es una de esas cosas que los chamanes lla­man hechos energéticos. Para tu diálogo interno. Eso es todo lo que se necesita.
    »Quiero proponerte una idea un poco rara ‑conti­nuó don Juan mientras caminaba delante de mí.
    Yo tenía que acelerar mis pasos para mantenerme cerca de él, y así no perderme nada de lo que él decía.
    ‑Tengo que insistir en que es una idea rara que en­contrará en ti infinita resistencia ‑dijo‑. Debo adver­tirte que no la aceptarás con facilidad. Pero no por el he­cho de que es rara debes rechazarla. Eres un científico social. Por lo tanto, tu mente está siempre abierta a la in­vestigación, ¿verdad?
    Don Juan se estaba burlando de mí desvergonzada­mente. Yo lo sabía, pero no me molestaba. Quizá por­que él caminaba tan rápido y yo debía seguirle el paso haciendo tremendos esfuerzos, su sarcasmo se deslizaba sobre mí, y en lugar de molestarme, me hacía reír. Mi atención total estaba enfocada en lo que él decía, y los insectos, o bien dejaron de molestarme porque había in­tentado una barrera a mi alrededor, o porque estaba tan ocupado escuchando a don Juan, que ya no me molesta­ban sus zumbidos.
    ‑La idea rara ‑dijo lentamente, midiendo el efecto de sus palabras‑ es que todo ser humano en esta Tierra parece tener las mismas reacciones, los mismos pensa­mientos, los mismos sentimientos. Parecen responder de la misma manera a los mismos estímulos. Esas reac­ciones parecen estar en cierto modo nubladas por el len­guaje que hablan, pero si escarbamos esa superficie son exactamente las mismas reacciones que asedian a cada ser humano en la Tierra. Me gustaría que esto te causara curiosidad como científico social, por supuesto, y que veas si puedes explicar esta homogeneidad.
    Don Juan recolectó una serie de plantas. Algunas apenas eran visibles. Parecían ser algas, musgos. Mantuve abierta su bolsa y dejamos de hablar. Cuando tuvo suficientes plantas, se encaminó hacia su casa y comenzó a caminar a toda velo­cidad. Dijo que quería limpiar y separar esas plantas y orde­narlas antes de que se secaran demasiado.
    Yo me encontraba absorto pensando en la tarea que él me había delineado. Comencé por pensar si conocía algún artículo o trabajo sobre el tema. Supuse que debía investigarlo, y decidí que comenzaría por leer todo lo escrito sobre «carácter nacional». Me entusiasmé de ma­nera fortuita con el tema, y quería volver en seguida a mi casa y emprender la tarea con seriedad; sin embargo, an­tes de llegar a su casa, don Juan se sentó en una saliente alta que daba sobre el fondo del valle. No dijo nada por un rato. No le faltaba el aire. Yo no comprendía por qué se había detenido a sentarse.
    ‑La tarea del día, para ti ‑dijo abruptamente, en tono de presagio‑, es una de las tareas más misteriosas de la brujería, algo que va más allá del lenguaje, más allá de las explicaciones. Hoy nos fuimos de caminata, ha­blamos, porque el misterio de la brujería debe ser amor­tiguado con lo mundano. Debe partir de la nada, y debe volver nuevamente a la nada. Ése es el arte del guerrero-­viajero: pasar por el ojo de una aguja sin ser notado. Por tanto, prepárate acomodando tu espalda contra esta pa­red de roca, lo más lejos posible del borde. Estaré cerca de ti, en caso de que te desmayes o te caigas.
    ‑¿Qué está tramando, don Juan? ‑pregunté, y mi alarma era tan patente que en seguida bajé la voz.
    ‑¿Quiero que cruces las piernas y entres en un esta­do de silencio interno ‑dijo‑. Digamos que quieres averiguar qué artículos podrías buscar para desacreditar o comprobar lo que te he pedido que hagas en tu medio académico. Entra en el silencio interno, pero no te duer­mas. Éste no es un viaje al oscuro mar de la conciencia. Esto es ver desde el silencio interno.
    Me era bastante difícil entrar en un estado de silencio interno sin quedarme dormido. Luché contra el casi in­vencible deseo de dormir. Logré evitarlo, y me encontré mirando el fondo del valle desde la impenetrable oscuri­dad que me rodeaba. Y luego vi algo que me estremeció hasta los huesos. Vi una sombra gigantesca, quizá de un ancho de cinco metros, saltando en el aire y luego aterri­zando con un golpe ahogado y silencioso. Sentí el golpe en mis huesos, pero no lo oí.
    ‑Son verdaderamente pesados ‑don Juan me dijo al oído. Me estaba agarrando del brazo izquierdo, lo más fuerte que podía.
    Vi algo, como una sombra de barro meneándose en el suelo, y luego dio otro salto, quizá de unos quince metros, y volvió a aterrizar con el mismo silencioso gol­pe. Estaba aterrorizado más allá de todo lo que racional­mente pudiera usar como descripción. Mantuve mis ojos fijos en la sombra saltando en el fondo del valle. Luego escuché un zumbido peculiar, una mezcla entre el sonido de un batir de alas, y el sonido de una radio que no ha sintonizado la frecuencia de una estación, y el golpe que siguió fue algo inolvidable. Nos sacudió a don Juan y a mí hasta los huesos ‑una gigantesca som­bra de barro negra acababa de aterrizar a nuestros pies.
    ‑No te asustes ‑dijo don Juan en tono imperati­vo‑. Mantén tu silencio interno y la sombra se irá.
    Yo temblaba de pies a cabeza. Tenía la clara impre­sión de que si no mantenía mi silencio interno activo, la sombra de barro me envolvería como una frazada y me sofocaría. Sin perder la oscuridad a mi alrededor, grité con toda mi fuerza. Nunca había sentido tanto enojo, tanta frustración. La sombra de barro dio otro salto, claramente hacia el valle. Continué gritando mientras sacudía mis piernas. Quería deshacerme de lo que fuera que viniera a comerme. Mi estado nervioso era tal, que perdí la noción del tiempo. Quizá me desmayé.
    Cuando recuperé el sentido, estaba recostado en mi cama en casa de don Juan. Tenía una toalla, empapada de agua helada, envuelta sobre la frente. Ardía de fiebre. Una de las compañeras de don Juan me frotaba la espal­da, el pecho y la frente con alcohol, pero no sentía nin­gún alivio. El calor que sentía provenía de mí mismo. La impotencia y la ira lo generaban.
    Don Juan reía como si lo que me sucedía fuera lo más gracioso en el mundo. Sus carcajadas resonaban una tras otra.
    -Jamás se me hubiera ocurrido que tomarías el ver a un volador tan a pecho ‑dijo.
    Me tomó de la mano y me llevó a la parte posterior de su casa, donde me sumergió en un enorme tanque de agua, completamente vestido, con zapatos, reloj, y todo.
    ‑¡Mi reloj, mi reloj! ‑grité.
    Don Juan se contorsionaba de risa.
    ‑No deberías usar reloj cuando vienes a verme ‑dijo‑. ¡Ahora lo chingaste por completo!
    Me saqué el reloj y lo puse a un lado de la bañera. Recordé que era a prueba de agua y que nada le hubiera sucedido. Estar sumergido en el tanque me ayudó in­mensamente.
    Cuando don Juan me ayudó a salir del agua helada, yo había recuperado cierto grado de control.
    ‑¡Esa visión es absurda! ‑no hacía yo otra cosa que repetir, incapaz de decir nada más.
    El predador que don Juan había descrito no era bené­volo. Era enormemente pesado, vulgar, indiferente. Sen­tí su despreocupación por nosotros. Sin duda, nos había aplastado épocas atrás, volviéndonos, como don Juan había dicho, débiles, vulnerables y dóciles. Me quité la ropa húmeda, me cubrí con un poncho, me senté en la cama, y lloré desconsoladamente, pero no por mí. Yo te­nía mi ira, mi intento inflexible, para no dejarme comer. Lloré por mis semejantes, especialmente por mi padre. Nunca supe, hasta ese momento, que lo quería tanto.
    ‑Nunca tuvo la opción ‑me escuché repetir una y otra vez, como si las palabras no fueran realmente mías. Mi pobre padre, el ser más generoso que conocía, tan tierno, tan gentil, tan indefenso.

    Carlos Castaneda. "El lado activo del infinito".

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  5. "
    Desde la primera intervención de los Anunnaki en el Gran Experimento (el despojo de vuestro ADN) hasta la profanación de vuestra Diosa, habéis experimentado el violento manejo de vuestro cuerpo físico, emocional y mental ejercido por fuentes que se proponían adueñarse de vosotros, como si la posesión de los seres de Gaia fuese parte del título de propiedad.



    Habéis sido adoctrinados en el miedo, la obediencia y la separación para que pudieran controlaros y dominaros a fin de que sirvierais a los Anunnaki y a su linaje en su empresa de explotar los recursos de Gaia, construir máquinas y amplificar las vibraciones más bajas de vuestro cuerpo animal para enviarlas hacia sus campos de energía.



    Esto lo hicieron para alimentar su poder, su codicia y su lujuria, pues esas energías de los chakras inferiores aún dominan vuestro planeta, y han sido su combustible desde la primera intervención de Anu entre vosotros...".

    Todo las pruebas, muchos mitos ancestrales, ciertos saberes esotéricos han apuntado y apuntan a la manipulación de nuestro ADN en beneficio de ciertas entidades.

    El texto de Castaneda que acabas de postear Javier ( gracias ), es una metáfora más como la de "la comida para la luna" de Gurdjieff o los parásitos de la mente de Colin Wilson.

    El problema es que nosotros, los humanos, siempre nos hacemos la picha un lío con las metáforas, y creo que la clave está en saber ver detrás de ellas y relacionar el conocimiento, los puntos en común.
    De ahí que en mis pesquisas el control hiperdimensional sea el tema estrella.

    Al final siempre se trata de elevar la consciencia, y estas entidades pueden servirnos como acicate, llaménse predador, demonios,annunaki o Arcontes.

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  6. Más info sobre los Arcontes, en esta ocasión en Inglés, vas a flipar Álvaro, este tema ya lo tocó mi admirado Philip K dick, quién a su vez bebía de fuentes gnósticas:

    Ideological Virus

    "In another passage of The First Apocalypse of James, the Master refers to those people "who exist as the type of the Archons" (30:20). Gnostics were not only alert to the intrusion of the Archons, they were also acutely aware of the possibility of humans becoming totally "Archontized." This threat appears to have emerged in a particularly alarming way in that era to which Philip K. Dick often refers: the first century of the Common Era, when the Incarnation of Christ is said to have occured, according to Christian belief. Both the time and the place where Archontic molding of human character set in strongly are specified in the Nag Hammadi texts. In his Gnostic view of the human condition, Dick assumed that the spiritual life of humanity was arrested at that moment. It is as if the behavior of those "who exist as the type of Archons" locked into place in that era, and came to dominate all subsequent centuries — until the moment in 1945 when the Nag Hammadi texts were discovered.

    In a close parallel to Philip K. Dick's vision of "the Empire," Wilhelm Reich saw the rise of a similar syndrome which he characterized as "the mechanico-mystical" complex. (See The Mass Psychology of Fascism.) Its signature is "authoritarian ideology," the mindset of fascism and patriarchal domination. Significantly, archon was the common term for "governer," or "authority" in Roman times. In some translations of the Coptic materials, archon (plural, archontoi) is rendered as "the authorities." Reich's analysis of what I propose to call the mystico-fascist complex focusses on National Socialism, the Nazi movement, which he experienced first-hand, but The Mass Psychology of Fascism contains ample referenes to Catholicism and the Holy Roman Empire, the millennial ancestor of the mystico-fascist program."

    PD: Siento dejarlo en Inglés, pero como sé que el que me hizo la pregunta sabe dicho idioma, de hecho el link que me dió estaba en Inglés no me lío a traducir, lo cual me llevaría mucho tiempo, aunque no lo descarto para un próximo post.

    El que esté interesado en esto que busque en mis etiquetas, la de Philip K Dick, allí encontrará algo de lo que acabo de citar.

    PD2: ¿Os dáis cuenta ahora como todas las tradiciones tienen un nexo en común en la temática de nuestra manipulación?, ¿De dónde crreís acaso que proceden los modernos mitos como Matrix?.

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