miércoles, 30 de septiembre de 2015

Un cuento inquietante: La maldición del sapo al ciempiés

Os dejo un cuento que creo haber leído en una serie de relatos de Michael Ende, el autor entre otros de La historia interminable, o Momo, aunque según leí por la red el original se le atribuye a Gustav Meyrink y se titularía La maldición del sapo:

"Sobre una piedra grande y lisa bailaba cada día, cuando brillaba el sol, a una hora determinada, un ciempiés. Los otros animales venían de lejos para contemplarle cuando, a su manera inimitable llena de encanto, trazaba sus lazos y sus espirales, mientras su cuerpo fulguraba a la luz y brillaba como si estuviese hecho de piedras preciosas. Era un placer mirarle y todos los animales encomiaban su arte y su gracia. Sin embargo, el ciempiés no bailaba para conseguir la fama y la admiración de los demás. Apenas echaba de ver a sus espectadores, tan ensimismado estaba en su danza.



Pero he aquí que vivía cerca de él, bajo las raíces de un árbol, un sapo grande y gordo, y a éste le irritaba lo que hacía el ciempiés. Ya fuese porque tenía envidia de su gracia y su fama, ya fuese porque estaba en contra de actividades inútiles como la danza, lo cierto es que había decidido aguarle la fiesta al ciempiés. Pero eso, por otra parte, no era tan fácil, pues lo que él no quería era exponerse a las críticas y reproches de los demás animales. Estuvo reflexionando largo tiempo y un día le vino una idea grandiosa, y escribió al ciempiés una carta que decía más o menos lo siguiente:



«¡Oh tú, admirable, maestro en el danzar armonioso y en los complicados lazos y espirales! Yo sólo soy una cosita pobre, húmeda, viscosa, y no tengo más que cuatro patas pesadas y torpes. Por eso te admiro sobremanera a ti, que consigues mover con tan maravilloso orden tus cien pies. Me gustaría tanto aprender un poquito de ti. Por eso dime, admirable maestro: cuando empiezas a bailar ¿mueves primero el primer pie izquierdo y luego el número noventa y nueve de la derecha? ¿O comienzas por el número cien de la izquierda y echas después el número cincuenta y tres de la derecha, moviendo después el tercero de la izquierda y luego el número setenta y dos de la derecha? ¿O lo haces al revés? Explica, por favor, a este ser tan pobre, húmedo, viscoso, con sólo cuatro patas, cómo te las ingenias, para que yo, indigno y reptante bicho, aprenda a moverme con un poquitín de gracia.»



El sapo colocó la carta sobre la piedra bañada por el sol y cuando el ciempiés llegó para bailar, allí la encontró y la leyó. Comenzó entonces a reflexionar sobre cómo lo hacía. Movió un pie, luego el otro, tratando de recordar cómo lo había hecho hasta entonces. Y comprobó que no lo sabía. Y no pudo hacer el menor movimiento. Estaba allí, inmóvil, y pensaba, pensaba, y movía tímidamente alguna de sus cien patas, pero lo que ya no podía era bailar. En efecto: lo de bailar había pasado a la historia".







Como dato adicional decir que existe el dilema del ciempiés en el campo de la psicología, tal y como lo recoge este artículo de la wikipedia:

El dilema del ciempiés


He decidido postear este cuento porque desde hace años, desde que lo leí, revolotea en mi cabeza, e incluso soñé con él la pasada noche.

La imaginación ahogada por la reflexión, curioso dilema, para un filosófo como yo.



Asombrado cotidiano ante las manifestaciones de la bizarra realidad, ejerzo como detective liminal e investigador de percepciones extra-consensuales, convierto la “caca de la vaca” en oro, emulo al sastrecillo del cuento del traje nuevo del emperador, y siento que el espíritu de Don Quijote me ha poseído.

6 comentarios :

  1. "En la misma forma, el pensamiento no puede apreciar las sensaciones.
    Para él son cosas muertas. Tampoco es capaz de controlar el movimiento.
    Es de lo más fácil encontrar ejemplos de esta clase.

    Cualquiera que sea el trabajo que un hombre está haciendo, bastará que
    trate de hacer deliberadamente cada uno de sus gestos con su mente,
    siguiendo cada movimiento, y verá que cambiará inmediatamente la calidad de su trabajo.

    Si está escribiendo a máquina, sus dedos gobernados por su centro motor
    encuentran por sí mismos las letras necesarias; pero si antes de cada letra
    trata de preguntarse a sí mismo: «¿Dónde está la C?» «¿Dónde está la coma?»
    «¿Cómo se deletrea esta palabra?» — en seguida comienza a cometer errores
    o a escribir muy despacio.

    Si un hombre conduce un automóvil con su centro intelectual,
    por cierto no tendrá interés en pasar de la primera velocidad.
    El pensamiento no puede seguir el ritmo de todos los movimientos
    necesarios a una marcha rápida.

    Es absolutamente imposible para un hombre ordinario conducir rápido
    con su centro intelectual, especialmente en las calles de una gran ciudad.

    Cuando el centro motor hace el trabajo del centro intelectual,
    da como resultado la lectura mecánica o la audición mecánica,
    aquella de un lector o de un oyente que no percibe sino palabras
    y se queda totalmente inconsciente de lo que lee o escucha.

    Esto sucede generalmente cuando la atención, es decir la dirección
    de la actividad del centro intelectual, está ocupada en alguna otra cosa,
    y cuando el centro motor trata de suplantar al ausente centro intelectual.
    Esto se convierte muy fácilmente en un hábito porque generalmente
    el centro intelectual está distraído, no por un trabajo útil,
    pensamiento o meditación, sino simplemente por el ensueño o la imaginación.

    https://www.consciouslivingfoundation.org/ebooks/Span14/Ouspensky%20PD%20-%20Fragmentos%20de%20una%20ensenanza%20desconocida.pdf

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    1. Muy buena reflexión, muy cierta. ¡Joder es buenísima, reveladora!

      Que el centro intelectual y el centro motor, no puedan obrar juntos. Hace inoperante que la reflexión sea pragmática, o que el pensamiento racional tenga utilidad, porque la acción efectiva funciona como un automatismo repetitivo, que se interrumpe con la meditación.

      Quizá ahí esté una clave de la auto-programación mental que vivimos.

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  2. https://i.imgur.com/3FNW3uj.png

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  3. La literatura "infantil" de Michael Ende me dió, me da y supongo que me seguirá dando ganas de jugar, pero desarrollaré si me place esa sensación ➡"en otra ocasión" ➡(guiño a dicho autor).

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  4. ¿Por qué piensas como piensas?, le dije hoy a cierto amigo mío que se vanagloria de su convencimiento.

    Él defiende su visión catalogando la mía de relativismo moral, aunque yo intuyo que la mía va más en consonancia con el nosce te ipsum que con lo que él etiqueta.

    Reflexiono sobre mis procesos mentales.

    El sapo del cuento, tal vez no fuese un villano, sino un trickster, giro de guión.

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    1. X dice que él está convencido de sus ideas (es nacionalsocialista, cree que el hombre es un lobo para el hombre como Thoma Hobbes, es tradicionalista, crítico del marxismo cultural y un largo etcétera), a veces le digo que me alegra que no tenga poder (él dice que el fin justifica los medios), pero a lo que iba yo traté de hacerle ver por qué piensa así, de adentrarme en sus procesos mentales, de psicoanalizar el bullyng que le hicieron en su infancia, le dije incluso que con su forma de pensar tb musulmanes se inmolan por ir al paraíso lleno de virgenes huríes. Es decir que yo intentaba impelirle a que pensase sobre el origen de sus procesos mentales.
      Dicho esto, eso me recordó al cuento del sapo y el ciempiés, y por eso dejé entrever que el sapo a lo mejor no era un villano sino un trickster como en el mito gnóstico de la serpiente del conocimiento:

      https://chitauri.blogspot.com/2008/12/cristo-es-la-serpientetoma-hereja.html

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